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LE PEDÍ QUE NO LO HICIERA

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Octavio Paz habló –léase escribió– en más de una ocasión del poder creciente de un medio como la televisión o, extrapolando el formato, del poder creciente del audiovisual. Decía: «La televisión tiene dos posibilidades. La primera: acentuar y fortalecer la incomunicación, por ejemplo, cuando magnifica la autoridad y hace del Jefe una divinidad que habla pero no escucha. Asimismo, la televisión puede hacer posible el diálogo social reflejando la pluralidad social, sin excluir dos elementos esenciales de la democracia moderna: la libre crítica y el respeto de las minorías». Y pregunto dónde hay qué firmar; pero nada, nadie responde.

Cámara en mano se tiene, cual dios humano, el poder de mostrar –o fingir que se muestra– la realidad, la ficción, cualquier ficción con apariencia de realidad o cualquier realidad que nos llega tan sin filtros que nos ataca en forma de ficción. Olvidémonos de límites y centrémonos en poesía, porque yo he venido hoy a hablar –léase escribir– de poesía. La poesía también tendría, para Paz, una gran plataforma donde expandirse, donde expandir, en todos los rincones del planeta, su oralidad. Pues la poesía es, ante todo, palabra que habla. Pero seamos sinceros, no abundan programas de televisión dedicados a la poesía. Qué pena, me digo, subirían las audiencias, de esto estoy más que seguro, porque nuestros hombres y mujeres no pueden vivir sin poesía.

Les voy a presentar a una poeta catalana que, como tantos hombres y mujeres, no puede vivir sin poesía. Lo suyo es de manual y lo mío, al verla, también; aunque –¡qué pecado!– la vi a través del filtro, la barrera, el límite de una grabación. El enlace me lo pasó un contrabandista de rarezas videográficas de menos de cien likes –cosas del Youtube. Voy.

https://www.youtube.com/watch?v=_GgsmKIrNkg

Pasa más de un minuto de los trece que tiene sin que nada suceda. Iba ya a tocar pausa, a parar, a abandonar, cuando escuché «imposible es el amor puro con tanta contaminación sentimental». Viví algunos años en Cataluña y aunque no hablo el catalán ni en la intimidad, algo entiendo.

El vídeo avanza, creciente, como creciente avanza la música, evocativa, mística, de las que me gustan para ilustrar mis conflictos interiores –Toni Trashtorno. La poeta me mira en unos primeros planos de pánico. Sí, señores, sí: me aterrorizan estos primerisimos donde la fuerza de su mirada está tan cerca que me rompe, me rompe. Por suerte me relajo con los planos medios y los generales, donde se vislumbra el vacío de un espacio que es aquí metáfora del espacio del alma: hueco, eco de ser «o todo o nada». Evidentemente, estamos ante una creación low cost que en lugar de grabarse, como debería, con tres cámaras, se ha grabado sólo con una, quizá repitiendo tres o más veces la grabación –bendita locura. Estamos ante un producto imperfecto y sin embargo bello en su imperfección. Los planos y el encadenado de los mismos son un acierto –Xavier Gil–, pues nos muestran poesía cosificada, que sale del encuadre, que no muestra siempre su rostro más amable, que se mueve, se mueve –«…si muove!». Porque poesía es libro y es voz, es silencio y estridencia, pero también desgarro sin filtros, rebelión contra uno mismo, tantas tantas cosas.

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Estaba yo hace unos días en Barcelona –cosas de nuestros mundos– cuando aterricé en un acto literario no porque quisiera sino porque un amigo –uno de los mejores libreros de la ciudad condal– me invitó. Fui. Nos encontramos y compartimos más tiempo del que se suele compartir en este tipo de eventos. Estábamos los dos en la zona de fumadores cuando se le acercó riendo escandalosamente una chica de pelo corto con el cuello escondido tras una gran bufanda de grandes flores; se abrazaron, se rieron, se quedó, se encendió un cigarrillo y se sumó a nuestras banalidades. Nos reímos los tres. Luego se fue arguyendo no sé qué. Le pregunté a mi amigo quién era. «Una traductora», me dijo; «traductora y poeta», continuó; «se llama Meritxell Cucurella-Jorba, pero su nombre artístico es…», seguía mi amigo, pero yo ya no le escuchaba. Me confesé. Mi amigo iba a buscarla para presentármela, pues no nos habíamos presentado. Le pedí que no lo hiciera y en un instante que hice eterno evoqué a Jorge Luis Borges:

Yo querría que este momento durara siempre murmuré.

Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien.

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Informa
Jorge Jaime García desde “Zetadezorro”
un fanzine no apto para tod@s

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